5-1-2018
SANTA ROSA: Un ángel en Valle de Calmuchita.
Autor: Miguel Ángel Ferreyra. Estudiante de la Licenciatura de Historia de UNRC. Profesor de Historia, analista de dinámicas regionales históricas. Historiador aficionado

Córdoba, fines de siglo XVIII. El Gobernador es Rafael de Sobremonte y Núñez, aquel que los manuales de historia nos recuerda como el virrey que escapo con el tesoro de la corona española cuando las tropas inglesas desembarcaron en Buenos Aires. El año es 1786 y Sobremonte gobierna la provincia mediterránea con mano firme y laboriosa. El ejercicio de los ritos religiosos es por mucho la actividad predominante fuera de las labores diarias que brindan al vulgo satisfacción al espíritu. La vida en la colonia de fines del 1700 era en muchos aspectos para la gran masa campesina dura, difícil de sobrevivir, y quizá por esto era rutinaria. Cualquier cambio, por mínimo que fuera, genera revuelos de gran difusión.

En este escenario, los cordobeses del valle de Calamuchita esparcen con rapidez la noticia de que un ángel se presenta por la madrugada serrana en la chacra de Don Bernardo Arias. La aparición no solo se deja ver, es un mensajero de la divinidad que a altas voces ordena que no hay en la región más autoridad religiosa que pueda ejercer el sacramento de la confesión que un esclavo de Arias, el mulato Joseph Santiago. La materialización de este ángel exige a los testigos que crean en sus palabras con completa fe, o de lo contrario Dios en toda su ira quemaría sus propiedades y mataría a su ganado.

Arias, padre viudo entrado en años, era dueño de unas tierras en las que pastaban cerca de cien cabezas de ganado y donde se hallaban además, grandes casonas y piecerio en donde los esclavos descansaban. En uno de estos sucuchos es donde el ángel de aparecía poco antes del alba, todos los días con el mismo mensaje. Nadie debía ya confesarse con cura u obispo alguno, el único capaz de ejercer este derecho religioso era el negro Joseph. Las multitudes no se hacen esperar y noche a noche llegan de a montones a presenciar el prodigio, nadie logra ver más que una luz, pero si oyen con claridad el mensaje. Y como buenos temerosos de Dios, tiemblan y dan testimonio a quien quiera oír.

Como era de esperarse la Iglesia cordobesa no tarda en inquietarse por este heraldo celestial que viene a quitarles poder y se comisiona al Juez Pedáneo para que investigue la situación. Este señor de las leyes coloniales viaja de modo urgente al valle y a poco andar decide encarcelar a don Arias, a Joseph y a dos amigos más del chacarero. Esa noche, con los sospechosos detenidos, el ángel no aparece. Así es comienza, al día siguiente, un proceso que no carece de latigazos para los detenidos. La historia rápidamente toma forma.

El primero en quebrarse es el esclavo. Declara ser nacido en el valle, soltero, de 18 años y cómplice de un engaño que buscaba enamorar a una mujer. Este mulato servil cuenta como fue obligado por su dueño a fingir la aparición solo para llamar la atención de una piadosa viuda, vecina de don Arias, de la cual este estaba enamorado. Cansado su señor de que la mujer no correspondiese a su amor planeo esta complicada estafa esperando que la doña se diera cuenta de cuan bueno y religioso era Bernardo que hasta un ángel elegía a uno de sus esclavos para reemplazar de modo sacramental a la mismísima autoridad de la iglesia. El proceso judicial duro seis largos meses en los que todos los acusados fueron azotados sin piedad por unas autoridades realmente enojadas por haber estado a punto de perder sus prerrogativas a manos de un negro esclavo, y más aun, perderlas para lograr conquistar a una viuda entrada en años.

Los archivos de la época nos muestran claramente que al comenzar este proceso don Bernardo Arias ya era considerado un impostor, y así se lo trato. Fueron embargados todos sus bienes a manos de la iglesia y luego de que la justicia le concediera la libertad se le prohibió acercarse no solo a la viuda sino también a Joseph Santiago, a quien la justicia encontró inocente a causa de su ignorancia y “bruta condición”.

Una aparición y que nunca fue, para divinizar a un esclavo que no lo era, para lograr un amor que nunca se consumo.